lunes, 9 de agosto de 2010

NAMASTE

Hijo mio,

¡Tú nunca terminas de sorprenderme! Tu curiosidad por saber qué me pasó en este último cumpleaños, qué sentí, cómo fue, con quién, cómo, cuánto o cuándo, me hace mucha gracia. Se ve que conoces a tu madre y sus inquietas andanzas. Bueno, a pesar de que ha pasado un mes, ahí te va el cuentito que está a la altura de los 63 años que cumplí. O sea, 22.995 días. ¿Te das cuenta la cantidad que es eso?

Los orientales dicen que esta matusalénica edad es el otoño de la vida, el tiempo de los cabellos grises…Es una buena edad para detenerse un ratito y dar las gracias. En este peregrinar he estado en contacto con tantas gentes de distintas creencias, filosofías, culturas variopintas que han enriquecido mi vida. Todos y cada uno de ellos han sido mis maestros. Seres distintos que se expresan de modo diferente. Las palabras de cada uno pueden ser como una jugosa sandía que alegran el corazón y otras como ramas espinudas. Sin embargo, gracias a todos ellos aprendí a creer, querer, confiar, a desconocer la pereza, a poner cascabeles y risas en mis sandalias. Aprendí también que la mentira y la traición existen, sí, pero no son lo usual y si la encuentras, en lugar de poner una amarga coraza, es mejor cultivar esperanza. Y es que sin amor, sin confianza, sin fe en uno mismo ¿Cómo haríamos para sonreír? ¿Cómo podríamos conmovernos con nuestra majestuosa montaña? ¿Cómo podríamos seguir soñando? Como ves, a pesar de los dolores que han visitado mi vida, si hago una revisión profunda sólo puedo estar agradecida.

Namaste suele ser una expresión de saludo usada en varias tradiciones budistas así como en numerosas culturas en Asia. Se usa para saludar, despedirse, pedir, dar gracias, mostrar respeto y para rezar. Normalmente se acompaña por una inclinación ligera de la cabeza hecha con las palmas abiertas y unidas entre sí, ante el pecho, en posición de oración. Pero si revisas el significado literal de Namaste verás que es mucho más que un saludo. Namaste quiere decir: “Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti de amor y luz, de verdad, y paz. Yo honro el lugar dentro de ti donde, cuando tú estás en ese punto tuyo, y yo estoy en ese punto mío, somos sólo Uno”. Eso siento, hijo mío, cuando reviso mi vida y tomo conciencia de los seres que me han acompañado en esta travesía.


Ah, y también agradezco las advertencias de muchos frente al paso de los años. Por ejemplo “A esta edad Rebeca, se está más cerca del arpa que de la guitarra” o “A esta edad, Rebeca, la vida deja de darte cosas y empieza a quitártelas”. Esta última advertencia me hace gracia y concuerdo en parte. Es cierto que te quita la cintura de los 20 (¡te lo cambia por un señorial rollito!), pero soy feliz cuando mi nieto me dice que es rico abrazarme porque mi cuerpo es grande y calientito. No puedo negar que el paso de los años te quita la agilidad de las rodillas, te arrebata los antioxidantes y la ley de gravedad hace de las suyas. La salvaje cabellera de los 25 se transforma en humilde moñito y bueno hijo mío, también a veces te quita hasta los dientes! Pero a cambio obtienes una serenidad inquebrantable.

Como ves, tu madre no cambia: 22.995 días es sólo un dato para mí. Itsume, la diosa de la alegría, sigue siendo mi gran compañera…y creo que no soy la única: descubrí (¿o fue un regalo de los dioses para mi cumpleaños? Después de todo, algunos dicen que el azar es otro nombre de Dios…) un grupo musical (¡argentinos tenían que ser!) que me tienen bailando como quinceañera. Búscalo en youtube. Se llaman Oneness Band (te dejo el enlace si te animas a conocerlos http://www.youtube.com/watch?v=OoAJ0xEjjLA). Tienen un estilo muy particular y escribieron algo así:

Pídele a Dios un regalo del cielo
Una vida más plena
Un amor de verdad
Comida en la mesa
Un abrazo de hermano
Que vivamos en paz
Que se acaben las guerras
Y también la pobreza
Encontrar alegría
Entre tanta tristeza
Que la luz ilumine
A las almas perdidas
Y un futuro mejor
Sat chit Ananda parabrahma
Pídele a Dios que los hombres se encuentren
A sus pasos perdidos
Y los buenos despierten
En sus ojos dormidos
Que el amor se derroche
Que vivamos en paz
Que los días terminen con los brazos cansados
Que la suerte se muera por estar a tu lado
Que el dolor no me asombre, ni me cause desvelo
Pídele a Dios


¿Qué más contarte? Ah, bueno, que como bien sabes, esto de tener amigos “variopintos” hizo que celebrara mi cumpleaños…como dos semanas!! La primera semana fui 5 veces a mi restaurant preferido, el Costanazca y Martín, su dueño, y sus garzones –excepcionales ellos- me cantaron cada vez el “cumpleaños feliz” a todo pulmón. Esas son las cosas que me maravillan: este restaurant, además de una comida peruana exquisita, tiene sus garzones que no son un 7, son un 10! Amables, atentos, inteligentes, con sentido del humor. Hacen que cada uno de nosotros se sienta espléndido…y así me sentí. Mis amigos, la gente que yo amo, ellos y todos aquellos que tuvieron una sonrisa para mí, son parte de mi historia. Tú y tu hermana, mis grandes amores, ponen en mi memoria una lucecita de confianza…

¿Sabes cielo? A pesar de que todavía tengo en mi morral 2 ó 3 viejos rencores y muchas cicatrices, siento que mi corazón estalla de alegría. Me siento amada y gracias a ustedes me reconozco. Así puedo guerrear con las ausencias, el engaño, la demagogia, el óxido y aun así, seguir creyendo en mis sueños. Namaste, hijo mío.

Te amo profundamente

Mamá

domingo, 25 de julio de 2010

ME SENTÍ COMO UN RATÓN…

Mi querida Ofelia,

Llovió a cántaros ayer y con mucho frío. Eso significa que hoy la cordillera se ha vestido de novia. Esta mañana al abrir mi ventana, la montaña lucía su albo traje y me ha dado su fuerza y energía una vez más…

No te enojes, amiga mía. Sé que estuve ausente mucho tiempo. Como bien sabes, cuando me siento lastimada, mi primera reacción es encerrarme. Y es que a mis “60 y algo”, aún no puedo comprender el maltrato gratuito.

Sé que te preguntarás qué demonios me violentó tanto. Nada grave, en realidad. El tema es que hace unas tres semanas me dio una jaqueca de aquellas. Hacía años que no me sentía tan mal; tanto así, que terminé en una clínica! Ya sabes, preciosa hotelería, graciosas chicas con espléndidas sonrisas, “Nombre, por favor” y “Apoye su índice derecho aquí” y, oh milagro, con mi dedo en un aparatito vi aparecer toooda mi información. Luego, una sonrisa más de la señorita de turno y un “Espere por favor”. Tras 20 minutos, escuché un “Señora Rebeca, cubículo 3”.

A estas alturas ya tenía un color verde musgo precioso y mi cabeza pesaba una tonelada. Me subí a la camilla y apareció un médico (¡debo creer que lo era!). 5 minutos de examen, muchos ajá, oh y carraspeos varios…

- Déme su brazo (orden que sonó algo así como desatorníllelo!)

Me sentí en sus manos igual que esos juguetitos transformer con que juega mi nieto. Me dio vuelta de aquí para allá: siéntese aquí, párese allá, respire, no respire, mire la luz y un largo etcétera de instrucciones varias. Pero lo más chocante de todo, es que en todo ese tiempo, nunca hizo contacto de ningún tipo. De hecho, no podría decirte el color de sus ojos. Terminó nuestro encuentro (por decirlo de algún modo, pero te aseguro que de encuentro no tuvo nada) con un “Por ahora una inyección. Mañana tome hora para consulta”. Tan, tan.

Salí de ahí con ganas de desaparecer cuanto antes ¡Ojalá hubiera podido correr o, al menos, disfrazarme de arbusto!

Tal vez me encuentres exagerada. Yo sé que las mujeres de mi edad desaparecemos del horizonte de muchos, pero dime ¿Un médico no debería sentirse próximo al dolor o el miedo de su paciente? Yo estaba aterrada. Y me hubiera bastado con que me mirara a los ojos, o dijera una palabra gentil, qué se yo, si al menos hubiera intentado aliviar mi angustia…

La ausencia de empatía, su indiferencia, el desinterés por el ser humano que lo consultaba, me sacan de quicio. Este hombre no me vio a mí, sólo vio un síntoma o, cuando mucho, una enfermedad. Y eso, amiga mía, me lastimó profundamente.

Pero aunque no lo creas, ese troglodita me dio un gran aprendizaje: me hizo comprender que la tristeza de muchas mujeres de mi edad, o mayores que yo, no siempre es por un acontecimiento en particular, si no por el sentimiento de soledad en un mundo donde personas como este hombre sólo sienten indiferencia por la gente mayor. Y desconocen que en nosotros, los seres humanos, el cuerpo no es pura naturaleza. Tenemos un saber práctico, intelectual y espiritual…

Por fortuna he conocido médicos geniales; inteligentes, generosos, con sentido del humor como Rodrigo Chamorro, Carolina Lobos, René Dintrans, Esteban Hernández, Luis Risco, Walter Ledermann y tantos otros que nunca dejan de ver al ser humano que los consulta, de esos que honran con su actuar lo que dice Charaka Samhita, en su Tratado Ayurvédico: "El que practica la medicina más por compasión hacia todas las criaturas que por lucro o gratificación de los sentidos, los sobrepasa a todos"

Pero otras personas no han tenido mi suerte y se han encontrado con personajes como ese médico que debería aprender que vivir, es vivir vinculado; que su relación con el otro implica la responsabilidad de hacer las cosas de cierta manera. Nadie, absolutamente nadie, es el centro del mundo. Todos necesitamos el respeto del otro. Y aún cuando alguien dominara un conocimiento, no debe olvidar aquello que dice el Talmud: “Sabio no es el que sabe, si no el que está en constante proceso de aprendizaje”.

Te dejo un cuentito que encontré, o más bien debería decir que los dioses me regalaron, cuando buscaba alivio para mi dolor; para ese otro dolor, no del cuerpo si no del alma.


Un ermitaño estaba sentado en su cueva, meditando, cuando un ratón se le acercó y se puso a roerle la sandalia. El ermitaño abrió los ojos, irritado.
—¿Por qué me molestas en mi meditación?
—Tengo hambre —dijo el ratón.
—Vete de aquí, necio —dijo el ermitaño—. Estoy buscando la unidad con Dios, ¿cómo te atreves a molestar?
—¿Cómo quieres encontrar la unidad con Dios si ni conmigo puedes sentirte unido?



Bueno amiga mía, afortunadamente por un corazón mezquino hay tantos otros seres maravillosos. Quédate tranquila, ya soy yo de nuevo…

Que la fuerza del tigre te acompañe

Rebeca

martes, 13 de abril de 2010

CHEQUENDENGUE

Mi amado Pascal,

Aquí tienes a tu madre, a un mes y días del gran sismo que asoló nuestro país, con unas cuantas replicas que aquí en Santiago se sienten levemente, pero que al sur como en Santa Cruz o en Constitución llegan casi a los cinco grados…

Tu hermana Martina -con esa juventud de la que ni se entera, como si fuera lo más natural del mundo- se ríe de mí (¡era que no!) y con su risa, me refresca. A todo pulmón anda cantándome en la oreja a un tal Pachito Alonso:

Dicen que tú estás,
chequendengue, chequendengue
Dicen que tu estás chequendengue
que no sirves pa` na
En la vida siempre pasan
cosas que uno no se espera
por eso yo ayudo a cualquiera
sin mirar sexo ni raza


Yo, como todos, intentamos retomar nuestras vidas aún cuando todavía tengo la sensación de caminar en una cuna. Creo que es tiempo de enfrentar estas díscolas placas mirando lo bueno, noble y heroico y también lo tragicómico que nos ha tocado vivir.

¿Recuerdas a Victor, el hijo del pescador que se hizo conocido como el “zafrada”? Bueno, te contaré que ese niño, con toda su inocencia y fortaleza, me sacó las telarañas del cerebro. Opté por dejar el miedo en el closet. Claro, aun siento temor, pero el temor es razonable (a pesar de que la replica de ayer, a las 11:30, me dejó el corazón en la oreja!) Así y todo hijo, tu madre se afana para no hacerse acreedora de la “gallina purpura”!! y en ese esfuerzo, recordé un cuentito a propósito del miedo. Dice así:

La Peste se dirigía a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda de un jefe de caravanas.
- ¿A dónde vas tan deprisa?- preguntó el jefe de caravanas.
- A Damasco. Pienso tomar mil vidas –respondió La Peste.

De regreso de Damasco, La Peste pasó de nuevo junto a la tienda y el jefe de caravanas dijo:
- Has tomado cincuenta mil vidas y no mil, como habías dicho.
- No, respondió La Peste. Yo sólo tomé mil vidas. El resto, se las ha llevado El Miedo…


¿No es un cuento precioso? Uno tiende a olvidar que los cuentos como estos, creados por seres, separados por siglos algunos, separados por distancias, culturas, idiomas, traspasan todas las fronteras y nos ayudan a comprender ciertas cosas que nos parecen inexplicables. Viajando por épocas y tiempos, estos cuentos llegan a uno para dar consuelo, tender una mano diciendo “se puede”, “no estás solo”…

Escuchar o leer cuentos (no importa la edad que tengamos) evoca en nuestra psiquis un subtexto más profundo, que viene del inconciente colectivo, desde la primera hoguera que prendió el hombre que seguramente también luchaba en una naturaleza grandiosa y muchas veces cruel. Alrededor del fuego, los hombres oían los cuentos sintiendo cómo se renovaban sus fuerzas y, al mismo tiempo, domaban el miedo, para enfrentar los retos del día a día. Los fantasmas se debilitan cuando podemos nombrarlos. Y no tengo la menor duda de que terminan convertidos en piltrafas, si podemos reírnos de ellos.

Sí, hijo mío, no me cansaré nunca de insistir en la importancia del humor. Cada vez que se está en una situación de angustia o viviendo la peor emoción de todas, la impotencia, recuerda a Izume, la diosa japonesa de la alegría, cuya risa y humor devolvió la luz y el calor al mundo (yo, con todo lo vivido, tengo a Izume vuelta mono!)

A propósito de esto, me imagino que viste algo del traspaso de mando Bachelet-Piñera. Creo que es el traspaso más exótico que me ha tocado ver. Y en Valparaíso además, con alerta de tsunami! La frasecita aquella de nuestro himno “ese mar que tranquilo te baña…” te aseguro que no se cantará igual nunca más. Agrega una “réplica” de 6.9 Richter! Los rostros de algunos mandatarios invitados eran un poema!!! A Lugo no se le movía un músculo. El príncipe Felipe de Asturias, larguirucho él, nervioso pero digno debe haber terminado con una tortícolis de marca mayor mirando todo el rato las lámparas del congreso en su amenazante baile. Cristina Fernández salió disparada y nunca más se supo. Evo Morales, como una tortuguita sabia, apenas se movió de su asiento. Álvaro Uribe francamente aterrado: estuvo toda la ceremonia sentado en media nalga! ¡Qué risa, Dios mío! No puedes negar que el traspaso fue original!

A la vuelta de tanta cosa, debo admitir que tu hermana tenía razón: sin proponérmelo se me ha pegado el estribillo de la cancioncita y aunque suene ridículo, me ha hecho bien.

Lo que no sirve,
lo echas tú pa´la derecha
¿Y la mala hierba?
pa´la izquierda
Y toda la maldá ¿pa´donde?
Pa´atrás,
Pa´atrás,
Pa´atrás.


Te amo profundamente. Que las fuerzas del tigre te acompañen

Mamá

miércoles, 17 de marzo de 2010

RÉPLICAS

Mi querida Ofelia

Gracias por tu llamada y tus animosas y generosas palabras. Son un jugo de maracuyá en el verano! Y tal como te lo explicaba al teléfono, sentir la presencia de los amigos en la distancia, entibia el corazón. Las llamadas o emails de Nico en España, Isidora de México, Juan Carlos de Perú, Rubén de Argentina, Mirna y Ariam de Cuba que, al igual que tú y tantos otros que han puesto cascabeles en mi “patiperrear”, me regalan ahora su cálida alegría en medio del espanto.

Ya debes saber que en Santiago, si bien los daños no son menores, nuestro barrio, La Reina, no padeció daños estructurales. Y la perdida de enseres y quebrazón de todo lo quebrable, tiene para mí la importancia de una pata de mosca.

Lo más angustioso fue la falta de luz que, de la mano de la falta de información y las continuas réplicas (que más que réplicas parecían otro terremoto más. Imagina que a la fecha llevamos 125 réplicas sobre 5 grados!!!), nos tenía con el corazón en vilo. Las noticias las oímos en la radio a pila de una vecina, en una oscuridad aterradora. A las cuatro de la mañana del día funesto, escuchábamos los detalles de la enorme destrucción provocada por el terremoto y el posterior tsunami y, más siniestro aún y sin querer convencernos de que pudiera ser cierto, la violencia del peor de los saqueos. ¿Qué nos sucedió, amiga? No logro explicármelo.

Este terremoto de casi 9 grados que ha asolado nuestro país (el 5º más grande desde que existen registros) no sólo destruyó nuestra hermosa geografía sino que fracturó las bases de nuestra supuesta cultura. Einstein dijo “Hay dos cosas infinitas: El universo y la estupidez humana” y día a día (tengo luz desde hace cuatro días) soy testigo de esta y tanta bajeza y ruindad ¿Sabes lo más indignante? Ver no sólo al delincuente que asola, roba e incendia, que a estas alturas casi te resulta esperable. Lo que resulta trágico y te revuelve el estómago es ver un hombre de cuarenta años en una espléndida 4x4, cargando plasmas y computadores!

En mis sesenta años me ha tocado vivir algunas “cosillas” que como diría mi nieto, han “empalidecido” mi corazón, pero esto me ha conmovido hasta los huesos y veo que en todos nosotros la ansiedad, la angustia y la peor emoción de todas, la impotencia, son los amos de nuestras vidas y han alienado a más de alguno. Mauricio Paredes, escritor chileno dice: “la alienación es el estado en que se ha perdido parcial o totalmente la condición humana. El error es confundirla con la locura. A un demente, puede que su percepción lo lleve a tergiversar severamente su entorno, pero sigue siendo persona. La alienación no es una enfermedad mental, sino la pérdida del alma. Es la decisión consciente, sostenida y sistemática de rechazar lo más profundo del propio ser. Se trata de alguien que elige no ser”. Yo creo que estas líneas describen muy bien la exhibición de unos pocos chilenos que nos han llenado de vergüenza y estupor…

Por fortuna, ha resultado consolador ver a todos aquellos héroes, anónimos algunos, otros con nombre y apellido, que nos colman de orgullo y esperanza. Mi querida Ofelia, te confieso que nunca como ahora, ver flamear nuestra bandera me había conmovido hasta las lágrimas.

No puedo evitar transcribirte algo que leí en uno de nuestros diarios y que sé que al igual que a mí, te traerá el aroma del algodón de azúcar a la salida de esa paupérrima escuela a la que asistimos:

Chile, fértil provincia y señalada
en la región Antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa;
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometida.

¿Lo reconoces? Sí, es El Canto I de La Araucana ¿No es hermoso? No lo había leído desde aquellos lejanos tiempos. Seguramente en aquellos años fue sólo una lección más. Hoy, son para mí, palabras colmadas de sentido.

¿Sabes? Es curioso lo que un mega sismo puede provocar. A lo que ya te mencionaba, debo agregar el derrumbamiento de prejuicios y temores enquistados en cuerpo y espíritu. Antes del sismo, la sola palabra “milico” nos ponía un sabor a candado en la boca. Para todos nosotros (de un polo u otro) eran “algo” que había que soslayar; casi pasarles de costado. Sin embargo hoy no son milicos, son militares. Militares que han tenido un papel fundamental en permitir recuperar el espíritu cívico. Definitivamente han sido el dique contra el pillaje, la ruindad y el caos…

Como ves amiga mía, este desastre ha hecho del miedo un compañero inseparable, pero creo que también ha logrado que todos nosotros reflexionemos, desafiándonos a ser capaces de lograr oponer al horror vivido por nuestros hermanos, la generosidad y el espíritu solidario, reencontrándonos con los valores tantas veces olvidados.

No quisiera terminar esta carta sin hacerte un regalito. Como sé que estarás clavada ante la pantalla cada vez que nombren Chile, no debes perder una entrevista muy especial. O, mejor aún, puedes buscarla en Internet y verla con calma. Te dejo la dirección

http://www.youtube.com/watch?v=AZwF7H0oyrY&feature=related

Verdaderamente es un video extraordinario. Un chiquito de 7 u 8 años, llamado Victor, hijo de un pescador de una caleta totalmente arrasada por el mar, que nos habla desde su inocencia con una gallardía que no he visto en muchos adultos. “¿Sabe cómo me salvé yo? A pata pelá y en calzoncillos, pero aquí estoy…¿Sabe qué quiero? Quel negocio del benja, (su amigo de “toda la vida”) que se lo llevó “la mar”, lo recupere, y su escuela y a pesar de que la comida que le daban allí era asi..rara, los porotos negros sin sabor, los “tarallines” pegaos, la quiere más grande y más linda ¿Y qué mas? Necesitamos “zafradas” para abrigarse…
Es conmovedor oírlo cuando dice “y lo último que les voy a decir es que le digan a ese caballero ¿Cómo se llama?
-Sebastián Piñera
-Ese mismo! Que nos traiga ayuda porque los camiones cargados con “custiones” pasan zuuummm y no paran aquí

Esta criatura que sueña con Susana, la niña que le gustó “hace tiempo” porque tenía linda cara y su “hablamiento que le gustaba tanto”, este niño, digo, es una muestra maravillosa de lo que surge cuando a estas díscolas placas tectónicas se les ocurre bailar.


Amiga mía, hasta aquí no más llego. Acaba de haber una réplica nada simpática y, si la luz me abandona, esta carta no llegará nunca.

Que las fuerzas del tigre nos acompañen y la sonrisa no nos abandone.

Rebeca

miércoles, 3 de marzo de 2010

Un terremoto y dos tragedias

Hijo mío,

Espero que nuestra breve conversación telefónica te tranquilizara. Fuimos afortunados de poder comunicarnos, aunque brevemente, dentro de esta locura...Oír tu voz fue una inyección de fuerza. Algo así como una vacuna para el miedo.

Ahora, ya más serena, me dispongo a escribirte. Te pido disculpas si te parezco un poquito incoherente. Mi incapacidad para expresar lo que siento me frustra. Es como estar prisionera de mi cuerpo y mente. Esta pesadilla a la que nos enfrenta la madre naturaleza, no sólo en la devastación de nuestro territorio, donde tierra y mar mostraron su furia; esta naturaleza en cólera desgarradora, nos encara además a nuestro “enemigo interno”; nos hace tomar conciencia de que el hombre puede ser el animal más destructivo, peligroso y cruel del reino animal.

Hijo mío, créeme, no exagero. Creo que humillados por la naturaleza, surgió lo peor de nosotros: la desconfianza y el recelo, el individualismo, la exaltación del ego, el consumismo llevado a la locura, sumiéndonos en una barbarie incomprensible. El fracaso de las autoridades ante el derrumbe de los diques del individualismo, la ética, la moral, capaz de transformar a un joven de veinte años en un depredador feroz e incendiario, con carencia absoluta de solidaridad para aquellos devastados por la tragedia…

Perdóname hijo mío, debo parecerte muy dramática. Tu que sabes de mi alegría y sentido del humor, a días de esta tragedia hay una parte de mi espíritu congelada. Y a mis sesenta años tomo conciencia que no he perdido mi capacidad de asombro. Yo sé que los seres humanos somos una mezcla de bondad y maldad. Y precisamente por ello, me conmueve la aparición de aquellos héroes anónimos, los Jonathan Ulloa, los Joel Alarcón que comparten y organizan la entrega del agua. O aquella doña maría (¡que bien puesto el “doña”!) que organizó a su cuadra para compartir con sus vecinas la sopa de pan y unos cuantos pescados que irónicamente dejó el mar al retirarse. Ni hablar de la pequeña niña de la isla Juan Fernández que, a pesar de su miedo, tocó la campana de alarma que salvó tantas almas.

Sé que los días nos irán mostrando más de estos seres valiosos para consolar el espíritu y retomar la esperanza. Me aferro a ello para enfrentar la visión caricaturesca y vergonzosa de nuestros prejuicios, de nuestra ignorancia, de esta brutalidad que se ha desatado y que me tiene desolada.

Siento la presencia de Rudra, el dios de la mitología hinduista, el más temible de sus dioses, el violento que castiga a los pecadores. ¿Será nuestro pecado consumir, en lugar de reforzar nuestros principios éticos?

Te amo profundamente hijo mío. Gracias por regalarme tu voz en la distancia. Ello, junto al abrazo calientito de tu hermana Martina y la sonrisa temblorosa de tu sobrino Baltasar son mi bálsamo para recuperar la risa.

Te ama

Mamá

miércoles, 3 de febrero de 2010

El corazón cambia de color

Mi amado Pascal

Es casi medianoche, pero no quiero esperar a mañana para escribirte. Hoy ha sido un día embriagador y aún tengo mi humanidad llena de risas. No podría dormir sin compartir contigo este viernes mágico ¿No te parece curioso además, que sea viernes? Día de Venus. Venus es la diosa que aporta vivacidad a la psique; una vivacidad que imbuye a la vida de amor y belleza y que potencia la capacidad de vivir el presente. Y ese fue el regalo que recibí.

No sé si sabes, pero llegó nuevamente a Chile el Royal de Luxe, la compañía francesa que tiempo atrás (el 2007, me parece) trajo a “La pequeña gigante y su rinoceronte”. Este año, la pequeña gigante, de seis metros y media tonelada, venía con su tío, el señor escafandra de casi doce metros y dos y medio toneladas.

El espectáculo partía hoy viernes a las 11:00 de la mañana y, claro, tu hermana Martina –organizada y generosa- no iba a privar a Baltasar de ver ese espectáculo. Tu sobrino apenas pudo dormir anoche, de la pura emoción de saber lo que le esperaba. Pasaron por mí temprano y figurábamos a las 9:00 de la mañana en el Parque O’higgins. Optimista como siempre, yo juraba que seríamos las primeras, pero había miles de personas ya instaladas y empezó a hacer un calor que derretía hasta las buenas intenciones. ¡Un sol feroz y la aturdida de tu madre sin sombrero! No había ni una pequeña nubecita ni un árbol disponible. Así es que nos resignamos a aceptar que pretender sombra en ese tumulto era como querer acunar una gallina!

Felizmente -y como siempre-, el ingenio y creatividad de nuestros vendedores populares una vez mas fueron parte del espectáculo: desde quitasoles gigantes, sombrillas chicas de todos los colores y tamaños, abanicos idem, mini ventiladores a pila, lentes de dudoso origen, sombreros y sombreritos y, lo mejor de todo, “biticulares”! En fin, de un “cuantohay” variado y generoso. Sí, y digo generoso, pues gracias al afortunado encuentro con la “Reina del Quitasol”, tu madre no terminó rostizada en el parque! Agrega a lo anterior, la oferta comestible cantada en los más variados ritmos!

Después de esperar dos horas más o menos, el barco en el cual dormía la muñeca hizo sonar su sirena…y todo el parque fue como un gran suspiro. La muñeca fue despertando lentamente y a cada uno de sus pestañeos y dulce sonrisa, seguía una algarabía. No exagero, si te digo que entre los que estábamos presentes se produjo una comunión, apoyada en la fascinación que sentíamos. Todos dejamos de ser quienes éramos. De un minuto a otro, nuestras angustias y preocupaciones quedaron suspendidas. La muñeca nos daba una segunda naturaleza (o acaso, nos devolvía a la verdadera); sus inimaginables movimientos provocaban en los presentes una metamorfosis que nos daba refugio, disolviendo las clases, las jerarquías, fundiendo las edades en un acto mágico...

En este mundo actual, hijo mío, donde todo es “economía de mercado”, “rentabilidad”, “índices financieros”, “tasas crediticias”, “intereses de retorno” y un largo etcétera, con una tecnología cada vez más invasiva y casi descontrolada, esta maravillosa muñeca, nos llenó de sonrisas amistosas. Sus ojos fueron capaces de despertarnos la ternura (ese sentimiento tan desprestigiado en nuestros tiempos) y sus manos de madera nos devolvían la inocencia.

¿Y sabes que fue lo más maravilloso? Que aunque a estas alturas del día yo había adquirido un fascinante tono de piel rojo furioso, Baltasar me miró con sus ojos de canela y dijo: Abu, estoy tan emocionado, que se me puso el corazón pálido. Esa frase, hijo mío, valió el rostizado. Agotados, volvimos a casa. Yo, colorada como jaiba, pero todos, con el corazón alegre y mariposas en los pies!

Pero, la historia no termina ahí (ya sabes como son los dioses de caprichosos: a veces no sabes de ellos en meses y sientes que tu vida es un desierto. Y de repente se dejan caer en pleno, generando un verdadero torbellino en tu vida, como si quisieran llenar tu cantimplora de emociones y vivencias para hacer llevadera la espera hasta su próxima visita. En este caso, Venus –dadivosa ella- me tenía un regalito más).

Ya en casa, Baltasar cayó rendido y durmió una larga siesta (durmió, como sólo duermen los niños). Martina aprovechó ese tiempo para ponerse al día de todas las cosas que una madre joven y profesional tiene en su agenda; un potpurrí que va desde terminar de revisar un informe de 150 páginas, responder 74 correos, mandar otros 25, tomar hora para el pediatra, ir al supermercado, mandar a reparar los patines de Baltasar y llevar el auto al mecánico. Hasta se hizo el tiempo de pasar a ver cinco minutos a su amiga Trini que se acaba de separar y está deshecha (estoy segura de que el abrazo de Martina logró sacarle una sonrisa).

Mientras tanto yo figuraba aplicándome todas las cataplasmas, compresas y “secretos de naturaleza” para aliviar mi piel color morrón. Por fortuna, tipo siete de la tarde, mi cara se había deshinchado lo suficiente como para sonreír sin aullar. Mi expectativa para entonces, era tomar una ducha fría e irme a la cama. Pero como sabes (o deberías saber), uno propone y los dioses disponen: una querida amiga me llama para invitarme al teatro. Tú sabes cuanto admiro a los artistas. Soy una convencida que ellos son fundamentales en la cultura y - aunque no lo creas-, en la salud de un país. Así es que, difícil como soy, dije que sí al tiro!

En un dos por tres me arreglé y a las nueve de la noche me volaban las mechas en mi avispón negro cruzando santiago. Llegué a tiempo a un teatro pequeño donde penaban las ánimas, lo que no era muy estimulante. Cuando mucho y con suerte, debíamos haber una doce personas sentadas en nuestras butacas, esperando que empezara la obra “Ventrilocas”. El espectáculo lo hacía una actriz y adivina…una muñeca!!! Debo decir que es una lástima que el público no hubiera sido una multitud. Créeme Pascal, hacía años que no veía a una artista de ese nivel de perfección, capaz de ponerme el corazón pálido de emoción…

Esta actriz –Claudia Candia- nos regaló una preciosa hora y media, con una voz conmovedora, cantando maravilloso y qué decir de su trabajo de ventriloquia: simplemente fuera de serie! Su muñeca hermosa, coqueta, provocativa. El dialogo entre ellas gracioso e irreverente. ¡Era imposible no entrar en su juego! Yo siempre digo que el juego es la única instancia en que el hombre está al 100%. El juego prolonga la vida síquica de las personas. Así es que no te preocupes por tu madre: si bien tengo 60 años cronológicos, confirmo cada día que tengo 20 en el alma!

Hijo mío, no te aburro más. Que las fuerzas del tigre te acompañen y la alegría sea tu paraguas.

Te ama

Mamá

miércoles, 27 de enero de 2010

A cada quien, lo que le haga bien

Amado Pascal,

Hoy he recibido carta de tu hermana, que se fue por unos días al norte. Como bien sabes, cuando la inquietud se instala en sus sandalias, se inventa un pretexto que parte siempre con un “es fundamental que…”, a lo que le sigue la aparición de una pequeña arruguita en la frente que no desaparece hasta que logra librar la batalla con la duda que la atraviesa por dentro.

Desde que era niña, cada vez que estaba en una encrucijada, necesitaba hacer su capullo; concentrarse, para luego regocijarnos con sus nuevas alas y sorprendente vuelo. A los cinco años se refugiaba en su casa de muñecas desde la mañana y no había quien la sacara de su ensimismamiento, para luego aparecer a las ocho de la noche, con un apetito voraz y una sonrisa que anunciaba que había salido humo blanco de su alma. Veinticinco años después es capaz de recorrer 1.500 Km. para llegar a San Pedro de Atacama y poder ovillarse como necesita.

Esta vez le costó decidirse a partir. Se complicaba toda con la idea de dejarme a Baltasar. Pero ¿tu crees que tengo algún problema en quedarme con ese bombón de ojos enormes y que, pese a que me llega un poco más arriba de las rodillas, es capaz de derretirme cuando me dice “Abu, tu eres muy arrugadita pero te quiero hasta el cielo de mi corazón”? Claro que no y fue lo que le dije a Martina. Es más, me pone feliz quedarnos los dos solos para hacer lo que nos venga en gana (por ejemplo, disfrutar de la comida preferida de Baltasar que consiste en comer trozos de salchicha previamente remojados en su vaso de jugo!).

Y bueno, Martina se fue por una semana y me acaba de llegar una cartita que me conmovió hasta los huesos. Y no puedo sino compartirla contigo. Esta mujer-niña de dimensiones transatlánticas es tu tribu, hijo mío y sé que compartir contigo este regalo, te hará comprender muchas cosas de estos bichos raros y superlativos que somos las mujeres.


“Mamá, no sé que pienses tú, pero yo creo que las mujeres se van, porque se quiebran.

Las mujeres somos seres particularmente flexibles. Hemos transitado la historia y los paisajes, los tiempos y las responsabilidades, con particular plasticidad…y creatividad: sin imaginación, las mujeres no habríamos sobrevivido a un mundo diseñado por hombres. Sin imaginación, las mujeres no sobreviven. Es ésta, la principal arma de defensa; la que le permite entrar por las fisuras y escaparse cuando la tienen pillada por la cola.

Ahora bien, la imaginación se alimenta de la alegría. Y cuando la mujer ama, derrama felicidad. Ama porque sí; de costado y medio lado; con ternura y otro día con lujuria. Hasta que se casa y le dicen el modo correcto de amar, el modo correcto de excitarse, el modo correcto de estar. Entonces, vivir con el otro, dejó de ser un juego y la tristeza empieza a instalarse en ella. La mujer pierde así su frescura, pierde la agilidad para saltar y esquivar los embates, hasta que un día, frente a un afilado sarcasmo, en vez de un salto acrobático, se oye el crac de la rotura. Entonces la mujer se quiebra por primera vez. Abre los ojos desorientada. No entiende bien qué ha sucedido. Siente un dolor fuerte que la inmoviliza, pero se toca y reconoce que sigue viva. En estos casos, la mayoría de las mujeres para recuperarse, reciben dosis diarias de “no ibas a pensar que todo es color de rosa”. Las menos, reciben una disculpa. Con un poco de suerte, los ungüentos hacen su efecto y, con esfuerzo, la mujer se pone de pie otra vez. Se ha soldado el hueso, es cierto. Pero no es menos cierto que en lo días fríos o indiferentes, duele de nuevo. Y algunas mujeres deberán aceptar que una cojera las acompañe toda la vida.

Sea cual sea el grado de recuperación, todas saben que ya nada es como era. Todas saben que han perdido la inocencia.

Entonces vuelven a ser casi las mismas. Su sonrisa aparece nuevamente y prácticamente en el mismo lugar que las anteriores, apenas corrida unos milímetros de su posición original. Los ojos se abren de nuevo, entusiastas y optimistas y sólo se diferencian de los de antes en que se demoran un poco más en abrirse; parpadean dos veces más para recibir definitivamente al mundo. Así, las mujeres adquieren una compañera inseparable; una réplica de sí mismas que hace los mismos gestos, pero con un retardo de segundos, como una película mal enfocada, donde no terminan de ajustarse la una y la otra. Ahora, ella y su siamesa; ella y su lenta imitadora, vuelven a retomar los roles, ansiosas por recuperar el tiempo perdido, cansadas de ese tiempo en que una ha estado sentada en la vereda de la vida, mientras la otra intentaba comprender lo que había sucedido.

Aparece la necesidad de hablar. Hasta la más callada siente la urgencia de hacerlo. Las palabras son para las mujeres el hilo con que cosen sus heridas; la hebra que les permite recuperar los puntos idos. Las mujeres mediante la palabra son capaces de zurcir un desgarro.

Buscan entonces con quien hablar. Las hay que la fortuna ha provisto de magníficas compañeras; de cómplices amigas que las acompañan al baño para compartir el rubor, la mascara de pestañas y los secretos. Otras buscan la agenda de otros años, anhelantes de encontrar a la que era su compañera de banco. Y las hay -que no son pocas- que no encuentran a nadie. Sólo se tienen a sí mismas y entonces le dan tribuna a la siamesa, a esa ella, que no es ella. La siamesa se instala en el mundo; esa mujer de bronce, seria y estricta. El misterio se hace manto, que sólo se devela cuando el otro ya pasó sus duras pruebas. Sí, la siamesa ya es auténtica. No permitirá nunca más quebrarse”.


Pascal querido, si quieres, más adelante comentamos lo que escribió tu hermana. Por ahora debo dejar hasta aquí mi cartita porque Baltasar (de ceño fruncido y brazos en jara) amenaza con excomulgarme de sus besos si no cumplo mi promesa de que calquemos las nubes (¡!) porque le quiere tener de sorpresa a su madre, un gran dibujo de “nubes de verdad”. ¿Sabes lo que es estar con el brazo en alto empuñando un lápiz mientras con la otra mano sostienes una hoja en blanco pegada al vidrio a la espera de que pase una nube? Claro, terminaré con el brazo acalambrado como esta mañana (¡trata de conseguir nubes en pleno verano!). Pero ¿sabes una cosa? Soy capaz de hacer ésta y otras mil locuras por mi nieto porque, por más descabelladas que parezcan sus ocurrencias, siempre resultan ser un dulce bálsamo para mi espíritu. Es como si con ello se hidratara mi corazón, manteniéndolo elástico como el bambú para que no se quiebre cuando arrecie el mal tiempo. ¿Quien diría que este puntito, de magníficas cejas y dos fantásticos remolinos imposibles de peinar, sería capaz de hacerme tanto bien?

Un besote inmenso y dos

Mamá

martes, 26 de enero de 2010

A propósito de un perro tirado en la vereda...

Mi amado niño,

Hoy he amanecido nostálgica, no sé muy bien por qué. Quizás simplemente sea por el día: absolutamente nublado como mal presagio; como si los dioses hubieran amanecido de mal humor y nos mandaran un recordatorio de su poder para aguarnos el disfrute de este verano.

No hay nada particular que haya ocurrido. Bueno, ahora que lo pienso mejor, tal vez sí. Lo que me hace dudar es que si bien pasaron un par de cosas que me pusieron medio triste (cosa harto difícil conociendo mi inveterado optimismo), esos hechos ocurrieron hace más de una semana. Además, son cosas nimias comparadas con lo que tu haces cada día tratando de salvar niños en la urgencia de pediatría de ese hospital (¿cómo se llamaba? No hay caso que retenga el nombre de ese hospital gringo).

Te las cuento: Hace una semana me escapé al cine con tu hermana (fuimos a ver la última película de Meryl Streep, ya sabes como me gusta ella). Así es que partimos felices con Martina bien temprano, a la primera función. Por supuesto que no había nadie más -como nos gusta- y teníamos el cine para nosotras solas. La pasamos estupendo y volvimos a la casa caminando. Esa caminata conversando, siempre es mejor que la película. Yo creo que no iría al cine si después no pudiera “caminar la película”. Bueno, pero el punto es que en el camino nos encontramos un perro tirado en la vereda. El pobre tenía una herida profunda en una pata y no podía caminar. De repente lo intentaba, pero se iba de bruces y se quedaba jadeando y lamiéndose la profunda llaga. Con tu hermana lo intentamos todo: llamamos a un programa de televisión que ayuda a los animalitos en problemas pero nos salía una casilla de voz que decía que estaba llena y luego decía que escribiéramos un correo electrónico (¡!). Llamamos a las dos municipalidades que correspondían al sector (la calle en que estábamos era el límite de ambas) ¿y qué crees? Exactamente: nadie respondió. Nadie hijo, ni una mísera operadora.

Luego a Martina se le ocurrió que fuéramos a una clínica veterinaria que estaba justo en la esquina. Me dio esperanza el hecho de que la clínica era el centro de prácticas de una universidad. De hecho exclamé ¡qué suerte tenemos! (ingenua yo). Fuimos a hablar con la veterinaria de turno y nos dijo que ella no podía hacer nada. Y que si queríamos ayudar al animal debíamos pagar la consulta y los procedimientos, cuyo costo, a vuelo de pájaro, tenía varios ceros. Ah, y sin contar que debíamos llevarle el perro!!! Lo menos que le dije es que si era bruta o se hacía, qué cómo se le ocurría que iba a agarrar a un perro callejero herido y asustado. No estoy dispuesta a garantizarme un buen mordisco. Cuando nos íbamos, la secretaria de la clínica nos alcanzó y nos dio el número del servicio de rescate animal de una de las municipalidades. Yo volví a sonreír y se lo agradecí. Pero llamamos y, como Martina temía, nadie contestó.

Después de más de una hora en todo ese circo, nos rendimos y partimos con Martina de vuelta a la casa. Fue una caminata triste. Ninguna habló en el camino, como si la amargura que sentíamos fuera una mordaza. Hubiera querido que estuvieras aquí, Pascal. Sé que habrías curado al pobre perro como hacías desde niño salvando a cuanto bicho herido se te cruzara.


El otro acto de violencia del que fui testigo –y partícipe- en este raro enero, tuvo relación con la elección presidencial. No te voy a detallar la bataola política que se ha armado. Ya la conoces y sigue aburridísima como siempre. Lo que te quiero contar es que ese día me fui a votar temprano. Había una pequeña cola y delante de mí había una mujer bastante mayor, como tu abuela que en paz descanse. Resulta que le tocó el turno a la viejita y además de la lentitud con que se movía, se manió estera para doblar los votos. ¿Y qué crees? La presidenta de la mesa –una mocosa de la edad de Martina- no halló nada mejor que empezar a retar a la pobre vieja, a decirle que se apurara, que mirara la cola que se había armado por su culpa, que no tenía consideración por los demás y un largo etcétera.

Con el sermón, la pobre señora se puso más nerviosa y echó los votos en la urna sin que antes le hubieran retirado la colilla. Entonces sí se armó la grande: la mocosa insolente empezó a gritarle como si se fuera a acabar el mundo por el error que había cometido (yo misma fui presidenta de mesa hará unos años y la verdad es que el asunto no tiene mayor gravedad. Simplemente antes de empezar el conteo, buscas el voto, le quitas la colillita y lo devuelves al montón. C`est tout). Pero la cabrita no, dale con tratar mal a la señora.

Entonces se me paró la pluma. Tu sabes lo mal que me llevaba con mi madre, pero fuera ella u otra, no podía permitir una injusticia como esa. Porque fue gracias a la generación de esas mujeres -como mi madre y esa abuelita de manos torpes y lenta como tortuga- que las mujeres en este país podemos votar. Fue gracias a su lucha, a sus pataleos por hacerse oír, por hacerse ver (aunque no lo creas hijo, las mujeres en la historia somos invisibles), a su perseverancia por demostrarle a los hombres que –además de alma, cosa no evidente para ellos- teníamos cerebro con capacidad de hacer bastantes cosas más que saber preparar porotos con riendas. Todo eso le dije a la mocosa insolente y rematé con un “lo mínimo que deberías hacer frente a esta señora, es una reverencia”. Dejé la escoba, claro. La presión se me subió a las nubes y me pasé el resto de la tarde acostada con una jaqueca monumental. Para rematar ese día funesto, me llamó Susana –de haber sabido que era ella, no le contestaba- y entre otras impertinencias, me dijo que todo lo que me había pasado era por meterme donde no me llamaban ¿Pero qué quieres, hijo? Estoy cansada de las Susanas y Susanos de este mundo; de esos seres que se pasean como si fueran el centro del universo y para quienes no existe –ni importa- nada más allá de su nariz. En fin Pascal, me pasa que a veces me siento profundamente cansada de vivir en un país cada vez más despiadado.

Te abrazo fuerte mi niño. Para la próxima, te prometo estar de mejor ánimo.

Un beso

Mamá

viernes, 15 de enero de 2010

Nada como irse a la punta del cerro

Mi querida Ofelia,

Aquí estoy, a las 11 de la noche, cansada como perro y de ánimo absolutamente telúrico (como ves, sigo inventando palabras y combinaciones inverosímiles) después de un día colmado de emociones, añoranzas y visiones espectaculares.

Como bien sabes, desde que pude caminar los espacios se me hacen pequeños, así es que sin pensarlo dos veces, hoy agarré a mi gran compañero de aventuras, alias “Avispón Negro”. Sí, todavía existe! Tengo mi Honda negro del 96 pero que se comporta como uno del 2012!

Me fui al Cajón del Maipo. Necesitaba ver ese desnudo lujurioso que nos regala la cordillera cuando se despoja de sus blancas vestiduras y colma el río de vida, color y sonidos de extraña música y miles de bichitos danzan como locos. Era como una gran fiesta. Además, como a mí no me pica ningún bicho…(¿te acuerdas que tú misma decías que a veces yo puedo ser tan amarga, que conmigo los zancudos hacen arcadas?!)

Fueron horas deliciosas hasta que, claro, empezó a llegar el “pópulo”, que con esa sensibilidad exquisita que los caracteriza, llenaron el silencio al compás del regueton! Después de diez minutos de intentar conciliar ese espectáculo de jugos, sudores, humores y sabores cantados –o, mejor dicho, aullados- por un señor en pleno orgasmo, emprendí una estratégica retirada y, optimista como siempre, decidí subir un poco la montaña en mi super bólido buscando el anhelado silencio.

Y lo logré, amiga mía: por dos horas conseguí alejarme del ajetreo diario de nuestra citadina vida. La generosa montaña fue descarada en sus juegos con el sol, maquillada con todos los tonos de azul, rojo, ocres y sombras grandiosas. Multitud de tus amados pajaritos con sus saltitos de minutero, de todos los colores y tamaños. Ah y, obviamente, los “bichitos” que tanto me gustan como esa araña del porte de mi zapato que se quedó –muy digna ella- mirándome fijo, preguntándose tal vez qué era esa “cosa” grande que interrumpía su camino. Hasta me encontré dos culebras, soberbias ellas, que me regalaron un vals exquisito. Todo lo cual me confirma que la naturaleza existe sin argumento alguno!

Dos horas deliciosas hasta que llegaron ellos: 25 o 30 alemanes que, al igual que tus pájaros, poseían todas las edades y tamaños (del metro ochenta para arriba, claro). Todos muy rubios, de ojos azules y luciendo un precioso color de jaiba recién cocida! Me enteré por su guía que el día anterior estuvieron en el litoral y, claro, se olvidaron del hoyo de ozono.

¡Qué gente sorprendente! Cinco jeeps todo terreno tracción en las 4 o 16 ruedas, antenas, focos, foquitos, GPS, filmadoras, cámaras de todos los tamaños y formatos, mochilas, mochilitas y mochilotas y por supuesto los infaltables celulares con todo tipo de ruiditos zip, zap, tut-tut. Todos muy amables y sonrientes, y muchos “wunderschon, wunderschon” gritados a todo pulmón (para tu información la palabrita viene a querer decir “milagrosamente bonito”).

Comprenderás que rápidamente levanté mi humanidad antes de que me confundieran con parte del “very tropical place” para, una vez más, seguir subiendo la montaña. No había recorrido mucho y, oh sorpresa, ahí estaba él. Él, en medio del camino, botines a lo Rambo, un traje verde impecable, una pierna a medio metro de la otra y ambas con la misión de sostener un robusto torso. En resumen un “orangu” (ya sé que te agarras la cabeza cada vez que invento una nueva palabra, pero reconoce que esta es justísima) y además tostado al sol cordillerano. Ah, y su “manita” marcando un rotundo stop…

- ¿Dónde cree que va, mi dama?
- Es que yo….es que el silencio….es que la tranquilidad
- Documentos por favor, mi dama.

Papeles en mano (revisión técnica incluida), procede con paso marcial a ir hacia atrás. Verifica la patente (era más fácil mirar por adelante, pero en fin) y vuelve. Luego me dice, con cara de lástima:

- Su auto es pa´carretera, mi dama. Estos autos de “narco” (¡plop!) no suben por aquí. Necesita doble tracción. ¿Y, por lo menos, tiene celular por si se queda tirada?

Un tembleque “no” de mi parte es todo lo que obtiene por respuesta.

- ¿Ve, mi dama? No puede ni siquiera “conectarse” (en mi época se conectaba la lavadora y la radio a los enchufes)

Y luego, con mirada conmiserativa agrega:

- No queremos un accidente ¿cierto?

Como sé que con nuestra policía no hay coima que valga y a mis 60 años intentar seducir me costaría un parte (¡!), me dispuse a recular. Te confieso que con la más profunda de las envidias vi pasar a los “ojiazules” en sus super jeeps haciendo señas de despedida. Sólo me consoló y me llenó de orgullo saber que la montaña se mostraría con toda su nobleza y majestuosidad. Ellos tienen que cruzar el mundo para verla. Yo, cada vez que quiera.

Miré la montaña por última vez y le pedí permiso para darle la espalda (te sonará loco, pero juraría que me hizo un guiño). Y por si fueran pocos los regalos recibidos, una libélula turquesa pegada al tablero me acompañó hasta el poblado…

He querido contarte mi pequeña aventura quizás con la secreta esperanza de despertar tu nostalgia y así convenzas a tu “sascuash” de que se den una vueltecita por acá; tiéntalo con la posibilidad de saborear una tortilla de rescoldo humeante o una orgullosa empanada. Sólo te pido que no permitas que nada caiga en la bastilla del olvido.

Que tu sonrisa sea siempre tu escudo.

Rebeca

sábado, 9 de enero de 2010

El enojo es una pérdida de tiempo

Amor mío, ¿Por qué estás tan enojado con tu hermana?

Sé que te han molestado sus comentarios, como también que ella me hable de su preocupación por ti. Al respecto, sólo quisiera que, ahora que eres “adulto”, no cometas el error tan común, de que nuestra goma de borrar sea más grande que nuestra memoria.

Tu hermana fue y ha sido siempre tu apoyo desde que eras un porotito. Cálida, siempre dispuesta para ti con su ternura, sabiduría y enorme paciencia, entregándote lo que muchas veces yo no pude darte… Ella fue mi primera hijita y para ella sólo tenía un amor infinito y una enorme ignorancia… Ella fue un apoyo gigante en tu formación y, hasta hoy, ella se siente responsable por ti, de puro amor no más. Goethe, el gran poeta decía “Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”. Y ella hizo cosas impensables por ti.

Yo sé que tu postgrado es importante, estar en otro país tampoco es fácil y, como siempre, tu quieres todo perfecto…No sabes cómo entiendo tu angustia, es como estar en un puente colgante a 300 mts de altura y sentimos miedo y el miedo nos vuelve ciegos y torpes. Y, claro, enojones, convirtiendo cada gesto del otro en una amenaza. Así, sin darnos cuenta, en lugar de “accionar”, reaccionamos.

No permitas que esto te suceda hijo mío. Cuando nos dejamos llevar por el miedo, nos volvemos ciegos y sordos a los mensajes con que los Dioses intentan enseñarnos. Serénate hijo mío. Para nosotras, par de brujas, tú siempre fuiste nuestro “grillo azul”; el de los silencios humildes y cascada de risas, enfrentándolo todo con una sonrisa. Vuelve a ser tú, Pascal; naturalmente tú. Que no te distraiga el ruido de la superficie; más que con las orejas, escucha con el corazón. Y con esto, no digo que tu hermana tenga razón en sus juicios. Tampoco digo que no la tenga. Sólo pretendo que en este momento un poco tirante, ustedes dos se escuchen. Particularmente tú Pascal, pues te veo enredado y rabioso; como si tu hermana apuntara a la luna y tú estuvieras peleando con su dedo, sin mirar lo que intenta señalarte.

Rompe tus temores con tu ternura y concédele espacio al tiempo. Como decía mi gran amigo Augusto, el romano, “Festina lente”, apresúrate lentamente. Que llegar a tu meta, no te impida deleitarte con las cosas comunes. De hecho, soy una convencida de que hacerlo, es condición para alcanzar aquella. Disfruta la nieve, los cielos tormentosos, el aroma de castañas confitadas que viene de la esquina, igualito como hacías cuando estabas de este lado del hemisferio y nos hacías detenernos en medio de la panamericana para gozar de un refrescante mote con huesillos en esos veranos en que caían los patos asados. Haz memoria, tesoro. Recuerda (re cordis…volver a pasar por el corazón) como celebrabas las sopaipillas de la Nelly, o cómo te comías la mitad de las marraquetas calientitas que te mandaba a comprar para la once o cómo, cuando estabas acalorado, te levantabas la polera y te acostabas en el suelo de baldosas de la cocina aunque más de uno de nosotros se dio un feroz porrazo por no verte ahí tendido. Qué gracioso, Dios mío. Y lindo. Sí, lindo era ver cómo le dabas espacio a lo que necesitabas, conectado con todo tu ser hasta el último rincón. Por eso, aunque alguna visita de turno se espantara, yo no te retaba por tus ocurrencias, pues para mí estabas aprendiendo lo más importante: a respetarte a ti mismo. En resumen, quiero que recobres esa espontaneidad que sé que está ahí, escondidita y arrinconada por la exigencia de ser un “adulto responsable”. Cielo, créeme cuando te digo que disfrutando las cosas ordinarias de la vida, ésta se convierte en una celebración.

Aunque te parezca absurdo lo que digo, creo que gran parte de la angustia en estos tiempos es porque, por la presión del sistema, dejamos de ser naturales. Para gran parte de tu generación ser “innatural” (para variar yo inventando palabras) se convierte en una forma de vida: no comes porque tienes algo importante que hacer, cuando no tienes hambre comes porque es hora de comer, si tienes sueño no duermes porque hay una película genial en la TV y claro, cuando intentas dormir ya no tienes sueño y tomas una pastilla para dormir… y todo en ti se altera: cuerpo, mente y emociones.

Por eso sólo me cabe recomendarte que…sueltes. Suelta el miedo a no cumplir, suelta el temor a fracasar, suelta y deja ir el enojo por lo que no es como quisieras. Todos esos son lastres; pesadas mochilas que sólo te hacen perder tiempo. Ese tiempo precioso en que estás vivo. ¿Que qué van a pensar los demás si no haces lo que se supone debes hacer? No tengo idea y tampoco me importa. Y ruego cada noche para que a ti tampoco. Fracaso y éxito son nociones tan relativas y caprichosas…Lo único que cuenta; la única brújula a la que debes atender es la de tu corazón. Si eres feliz, estás bien encaminado. Si no, debes detenerte para enmendar el rumbo. ¿Llevas ocho meses viviendo en tu departamento y no conoces el nombre del conserje? ¿Te molestas porque el árabe del almacén de la esquina te mete conversación y tú no quieres perder tiempo? ¿Estás a cuatro horas de una de las ciudades más fascinantes del planeta y aún no la conoces? Me espanto de ello como tu hermana. ¿Qué no te alcanza el tiempo, que estás muy ocupado? Pues entonces, pon a trabajar tu creatividad para lograr cuadrar el círculo. Ah, y comete de vez en cuando una locura. Es la única forma de mantenerte cuerdo.

Un beso enorme de tu madre que te adora.